Sobre toda palabra
No es fácil retener cuanto de cierto
lleva cada palabra, rescatada
por la verdad del borde de la nada.
La medida es un eco, un eco muerto.
La verdad no es la rama; es el injerto
propicio al viento fuerte y a la helada.
No es cuerda ni metal; es la tonada,
la alada melodía del concierto.
Propicia al viento fuerte y a la ruina,
camina la verdad, triunfa y camina
de palabra en palabra, paso a paso.
¡Y es gozo recibir su luz violenta,
y sentir cómo nace y se sustenta
del mismo manantial de su fracaso!
(1956) De Antes de la esperanza
La forma de la angustia
He venido a deciros que no puedo
decir más que la forma, el modo, el caso,
la apariencia tal vez, el clima acaso
de esta trampa tenaz en que me enredo.
He venido a deciros que me quedo
en el umbral; que está cerrado el paso.
Amigos, yo lo sé. Lleno está el caso
pero no dé de qué. Y este es mi miedo.
Y quisiera decir que es su presencia
el nudo de la náusea y la violencia.
La angustia misma no hay quien la describa.
Es como plomo y asco derretidos.
Como un alud de pájaros podridos
que nos empuja lento y nos derriba.
(1960) De El gesto
Gesto definitivo
Aquí pongo la mano. Voy poniendo
la mano aquí y aquí, sobre los dones
de la tierra; la pongo
sobre un árbol, sobre una cordillera
nevada, sobre el mar.
Pongo la mano sobre el hombre. Pongo
la mano aquí, tal vez sobre el amor,
sobre una madre, sobre el sentimiento
o motivo que impulsa al sentimiento,
sobre la piel humana, o la injusticia,
sobre un trozo de pan, sobre una niña.
Pongo la mano blandamente sobre
un quejido animal, sobre una duda;
la pongo aquí en la tersa, falsa, hundible
envoltura del pensamiento. Pongo
la mano sobre la palabra, una
mano tan sólo sobre cada
palabra, puesta así, dejada sobre
un sonido, una voz, sobre el sentido
o modo que sostiene
esa palabra o voz. Pongo la mano
sobre el viento que ordena
la marejada humana, sobre el puro
esquema de una vasta e imposible
conciencia universal, la dejo inmóvil,
receptora, sensible,
sobre la puerta de salida, sobre
un destino mortal. Pongo la mano
sobre la causa, o Dios,
amorosa tal vez la mano. Pongo
la mano aquí, sobre el misterio.
Nada pido. Yo nada pido, amigos.
Creedme. Nada soy; ni siquiera
una forma de ver o de tocar.
Yo nada tengo mío; sólo, acaso,
el gesto de ir poniendo, aquí y aquí.
la mano, con ternura.
(1965) De Gesto segundo
Toco un labio, una alondra
Toco un risco, un otero, una montaña
y es mi contacto el que los endurece.
Ellos no son. Yo sí. Toco una frente
y su calor en mí se manifiesta.
Toco el abrojo, el cardo, la biznaga,
la grama horizontal, plantel de vida
sin fundamento, toco
el abedul, el fresno, el olmo, el arce,
enraizados alientos verticales,
surtidores de savia; toco el cedro.
Mi mano justifica su pujanza.
Toco un muñón de rama y se consuma
la amputación, latente sin mi tacto.
Toco el dolor y veo cerca el miedo
de haber sido su origen.
Toco el sueño y, en ese mismo instante,
da comienzo la acción. Y se enajena.
Es mi tacto el que crea. Nada existe.
Si existieran las cosas,
su voluntad vendría hacia mi encuentro.
Aquella fruta, si existiera, haría
su historia de mi boca.
Toco un labio, una alondra, un espejismo.
Toco el pan y la lluvia.
Si existieran las cosas, llegarían
tendiéndome su ser, su estar conmigo.
Posibles realidades. ¡Qué difícil
es ver la vida sólo desde un lado!
¡Qué difícil mirar sin tomar parte!
Todo lo ignoro. ¿El ser? ¡Ah, si existieran
las cosas!, ¿qué sería
de mí? Nada quizás; y entonces ellas
serían las que un día me tocaran
infundiéndome el ser a su albedrío.
(1968) De Límites
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