La llamé belleza
Del codicioso sur elijo
este tramo de mar que abarca
desde el fondo del mundo hasta la habitación
donde conspiro con la noche.
Allí
convergen las requisitorias de la felicidad,
los cauces secos del deseo, el mapa
de los cuerpos desnudos del pasado,
el denso material vertiginoso de la vida,
allí el solo precepto de ser libre
devuelve la esperanza a sus prisiones.
Y a esa restitución la llamé belleza.
La gran certeza
Qué palabra inhumana la palabra certeza,
dije en días aviesos,
cuando la magnitud
vibrante de la vida conculcaba
el veredicto de la muerte, y nada era posible
sino la condición inmune de lo cotidiano.
Ahora ya sólo alcanzo a vislumbrar
el confín inmutable de la gran certeza.
Recuento
Atrás se va quedando el acumulativo
refrendo de los días,
el denso, imprecisable
aluvión de memorias
donde se alternan discontinuamente
figuras, horizontes, episodios,
las ganancias y pérdidas
que en ámbar del tiempo se recluyen.
Vivir es ir dejando atrás la vida.
Elogio de la locura
Lo perpetuo consiste en la contemplación
de la ceniza,
allí concurren los impares vértigos
que hacia el centro abisal arrastran,
ese azar insondable donde el tiempo prolonga
su razón de no ser, la curvatura
soberbia de lo nunca entrevisto, el vértigo más
hondo.
Los pretéritos vuelven a su origen
y el futuro concuerda con la nada.
Quien mira al firmamento elige la locura.
Tags: Caballero Bonald, tiempo, trascendencia, incredulidad, la nada