Vista cansada
La vida no es un sueño.
He comprobado el mar con sus cadáveres,
la existencia del sol, la piel, los fríos,
las luces con sus horas,
las puertas que los años se dejan mal cerradas.
Olvidos y recuerdos tienen los mismos ojos.
Las palabras, como un atardecer
que se confunde con la noche,
son arena que cae delante del vacío.
Nunca discute el tiempo
la consigna de musgo que recibe.
Pero pierde las llaves de sus puertas.
Ahora aprendo a vivir con la vista cansada.
Cansado estoy de verte
mundo extraño,
prestigio del dolor,
exactitud de la mentira,
corona turbia
de los estercoleros habitados.
Cansado estoy de ver
las muertes humilladas
en las habitaciones del silencio.
Me duelen
los finales injustos,
que cierran nuestros ojos
porque somos cadáveres vivientes.
He comprobado el mar. La vida no es un sueño.
¡Qué lepra de banderas!
¡Qué decencia de números podridos!
¡Qué paisaje de escombros!
Pierde el tiempo sus llaves,
y yo busco mis gafas,
para seguir aquí,
en las ventanas y en las mesas,
con los años abiertos
al pie de la ciudad.
Allí se reconocen,
al sur, al otro lado de esa nube,
de la torre, a la izquierda, justo allí,
las ramas de la vida, la memoria,
los pinares pacíficos,
el abrazo que pide una verdad,
el viento que levanta una alegría,
las ruinas hermosas,
la habitación serena en donde se recuerda,
con la luz apagada,
la historia libre de la dignidad.
No hablo de ilusiones,
sino de dignidad, y de mis gafas,
cristales trabajados que me ayudan
a comprobar el precio de las cosas,
a buscar los teléfonos que quiero,
a recorrer los libros,
a mirar el reloj y los periódicos.
A estar aquí,
en una compartida soledad,
para ver lo que pasa
con nosotros.
Compromiso
He derramado el vino tantas veces
sobre el mantel. Los dedos de la aurora
saben por mí que el rojo
no es el color de una bandera,
sino el cielo que rompe
en el amanecer de la ciudad.
He llegado a la noche tantas veces
sin salir de mi noche. Los extraños
saben por mí que el negro
no es el color de una bandera,
sino lluvia y paredes quemadas por la lluvia,
la herida del carbón en la memoria.
Nunca estuvo en mi mano ser feliz.
Pero conozco la alegría. Muchos
saben por mí que el blanco
no es el color de una bandera,
sino el jazmín sereno de la mortalidad,
sus pétalos blindados por el sol de la tarde.
Una mañana
Los años hablan mucho,
y mienten más que hablan.
Pero un día despiertan desfondados
con la sinceridad en el espejo,
y dicen lo que saben sin saber lo que dicen.
No importan las arrugas.
Me refiero a otro tipo de espectáculo
más sórdido, crueldad
de humillación humana,
un desarreglo último
entre las formas y los contenidos.
Aunque se ven llegar,
comprendemos de golpe la razón
de los amaneceres soportados
igual que discusiones corporales.
Ya nos hablan de usted
los bellos rostros
y el frío de los médicos.
Por las afueras de la intimidad
duele la hierba triste que nace en las ruinas.
Envejecer
es una forma de buscar trabajo
en un difícil melodrama
que no tiene poder de convicción.
A veces se consigue,
pero hay que dedicarle incluso el tiempo
del que no se dispone.
Estás mejor, repiten los saludos.
Los deseos perdidos
actúan en nosotros,
como los directores de cine que prefieren
la garantía de un final feliz
y a las estrellas jóvenes.Tags: Luis García Montero, Vista Cansada, tiempo, compromiso, memoria, cansancio