Tras unos días de pausa en los que tan sólo incorporé dos poemas personales (el primero de homenaje a las víctimas y de dolor profundo por la tragedia de Haití, y el segundo, en ocasión del duelo turbado de un amigo), regreso al blog trayendo a éste mis lecturas, en la idea de compartirlas con quienes tenéis la amabilidad de acercaros a él.
He disfrutado leyendo a Felipe Benítez Reyes en sus poemas de “La misma luna”, que obtuvo el I Premio Viaje al Parnaso, en el que, entre otros, figuraban como Jurado Ángel González y Caballero Bonald. Mi total admiración por la poesía de Ángel González, a quien releo tantos días como si tímidamente al espejo me asomara, y la excelencia indiscutible de la poesía de Caballero Bonald ponen de manifiesto la extraordinaria calidad de la poesía de Felipe Benítez Reyes, al hacerse merecedor de este Premio y ello a pesar de mi escepticismo y desconfianza hacia los Premios como medio de abrir paso a nuevas voces, ya que la mayoría no exhalan buen olor precisamente, pero es claro que no es el caso que comentamos, dada la categoría intelectual y la relevancia poética de Benítez Reyes.
Su poesía está plena de calidad humana, además de la literaria, y resulta emotiva, actual, transparente y precisa, exacta en el lenguaje y en la idea. En definitiva, un placer entregarse a su pausada lectura. Traigo para compartirla dos poemas que me resultan sumamente interesantes y de gran belleza, tal vez por coincidir con mi gusto y lucha en la idea del tiempo, la búsqueda en la palabra, en la poesía, permanente, dolorosa, baldía, tantas veces.
En torno a las palabras
Aquella que se engasta
en la fría razón como una joya.
El adjetivo incierto que corona
el concepto difícil de la nada.
La que dice en secreto la conciencia,
la que calla ante todos la memoria.
La que designa el sol que en ella arde.
La luna que es la luna en cuatro letras.
El conjuro: esa llave
capaz de abrir las puertas del prodigio,
alterar un destino,
teñir la realidad de irrealidades.
La palabra fingida del silencio.
El grito que resuena
al cabo de los años como el eco
de un cristal destrozado.
La que nombra la niebla
y mana como niebla entre los labios.
La que se dijo en falso
y cumple en el olvido su condena.
La que suena a mentira y es verdad.
Las verdades que suenan a leyenda.
Las palabras del mar,
de tempestad y espuma. Las estrellas
y su mágico morse,
su escritura de enigmas en la noche.
Las palabras también, que dice el río,
fugitivo de sí, clave del tiempo:
lo idéntico y lo mismo,
sin ser jamás lo mismo ni lo idéntico.
Las que dicta el reloj,
el vigilante insomne
de un fluido fugaz. Las que responden
con temerosa luz a los misterios.
Las palabras de amor,
que aspiran a ser cifra de algo eterno.
Estamos condenados a este pacto:
expresar cada cosa
para que cada cosa exista en este caos
como una sombra armónica
de algo que no podemos comprender.
El mundo se refunda cada vez
en la palabra mundo,
y vierte oscuridad decir oscuro,
y exhala claridad decir el día.
Qué extraño formular lo que se tuvo,
qué impuras las palabras por sí mismas,
qué infieles a sí mismas las palabras
a fuerza de ser fieles y ser puras.
Y, al final de esta fábula,
qué poco de la vida al decir vida,
qué encuentro de la nada con la nada:
ver el tiempo llegar y ver su fuga.
Arte poética
Hay quien levanta
estructuras de sal que se diluyen
con la lluvia
de quien nombra la lluvia en un poema.
Palabras que conocen el sabor de la sangre,
y la sangre fingida de un corazón que sangra en un poema.
El símbolo cansado de la rama escarchada en el otoño
y el otoño irreal que en el poema deja
tres vocales caídas.
Alguien escribe lago y alguien escribe lágrima:
ambos miden lo mismo en el final de un verso.
Si en un verso leemos que la luna
es la sombra metálica de un vacío en la noche,
la luna sigue intacta: es la luna en la noche.
La evocación de un jardín racionalista
o la de algún amanecer sostenido
por los dedos mojados de la niebla
traza un idéntico espacio silábico
en el que sopla el viento de una voz.
Alguien escribe yo y alguien tú eres,
y ambos están nombrando a estos espectros
que suplantan la vida en un poema.
¿Hay quien habla del mar y el mar se oye?
¿Alguien habla de sí y el tiempo calla?
En esta prestidigitación el mundo existe
del modo en que existimos en él:
reflejados y errantes de nosotros,
eco de unas palabras confundidas,
sin nada que perder, y tan perdidos.Tags: Felipe Benítez Reyes, poesía, palabras, tiempo, búsqueda