Vuelvo a la lectura de Rafael Juárez en su obra Aulaga, con la seguridad de encontrar el sosiego que su poesía me transmite siempre. Desde que leí “Lo que vale una vida” y, en particular el poema que da título al mismo –al que sigo necesitando acudir de vez en cuando para hacer una lectura cómplice, a veces adaptada y retocada- reconozco y busco en la poesía de Rafael la elegancia que nace de la sencillez aparente (como Antonio Carvajal destaca en su extraordinario prólogo de Aulaga), su sobriedad y la profundidad que surge de un alma tan llena de verdad. Sus poemas son un remanso de paz y una lección literaria en sus raíces y en su forma exenta de artificios inútiles. Además, la cuidada edición de e.d.a.libros es todo un lujo, prologada con erudición y profundo afecto por Antonio Carvajal, y con dibujos de exquisito gusto de Marina Guillén; de esas ediciones que jamás podrán ser sustituidas por la lectura digital, ya que al placer de la lectura se añade el de acariciar íntimamente sus páginas.
Para compartir su lectura traigo tres poemas que considero transmiten esas características de la obra de Rafael Juárez que he destacado: El extraordinario soneto “El pasado se mueve”, dedicado a Antonio Muñoz Molina; “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, dedicado a mi hermano, Carlos Gollonet, y “La herida”.
Pedro Gollonet, 30 de enero de 2010.
Aulaga. Rafael Juárez
El pasado se mueve
Más cierto es el futuro que el pasado.
Será lo que tú sientas que está siendo,
mas, ¿sabes qué ha de ser lo que sintiendo
haber perdido vuelva, enajenado
de ti? Las cosas pasan a tu lado
y un presente inestable va urdiendo
para que nunca sepas si viviendo
estás, o reviviendo algo olvidado.
Confinado en las islas del invierno
inventas el verano y el cuaderno
donde escribiste lo que no has vivido.
Te encontrarás. Más cierto es el olvido
que la memoria. Por vivir se escribe,
por olvidar la vida que se vive.
Todo lo sólido se desvanece en el aire
Abrir los ojos para ver la nada.
Cerrar la mano para asir vacío.
Buscar un cuerpo y alcanzar un río.
Encender luces en la madrugada.
Olvidar una historia no iniciada.
Recordar el color del extravío.
Idear un deseo puro y frío.
Soñar otra mañana, otra mirada.
Hablar con quien nos oye si callamos.
Abrir los ojos para vernos mudos.
Sentir la ausencia que nos deja vivos.
Andar aunque es de noche y no sepamos.
Vestirnos con la luz de los desnudos.
Vivir eternamente fugitivos.
La herida
A veces pienso dar forma de vida
a esta disposición a no escribir,
olvidar la poesía, como se olvida
otra cosa cualquiera, por vivir.
Pero no cerraría así la herida:
para siempre las cosas por decir
van a seguir llamándome en su huída,
voy a seguir oyéndolas mentir.
Y es que a veces quisiera no saber
lo que pasa, o nunca haber sabido
lo dulce que el silencio puede ser.
Porque ya para siempre estaré herido,
condenado a decir y a no entender,
como un niño que habla del olvido.Tags: Rafael Juárez, Aulaga, Antonio Carvajal, Marina Guillén, Ediciones e.d.a.libros, poesía