Quisieras que el dolor se replegara
como la adormecida ola en las tórridas noches de verano,
poco a poco, reptilmente,
que en su huída arrastrara suavemente los despojos,
y se alumbrara tan sólo con destellos salpicados
del candil de tu memoria derrotada,
mas siempre triunfa la versión de Eolo enfurecido
y al iluso olvido ambicionado
sucede el implacable puño
que te hunde la daga en las entrañas,
y recuerdas que ya estás herido para siempre,
que no bastan como antaño los anhelos,
que los años te estorban, te apisonan,
y las grietas de los pies amarillean,
que al esqueleto lo presientes más que antes
y sobrevienen adúlteros tus sueños
en mugrientas pensiones de una noche,
y en medio de esta jungla
que aborreces,
del tiempo que te engaña
en cada revuelta de tu calle,
que después de tantos años
tantos días ni siquiera reconoces,
ahí sigues, sólo y con el alma dolorida.
Déjalo, no insistas,
asume el fracaso y la tiniebla,
que el miedo a la nada es peor que ese dolor
que, al menos, alimenta la locura de estar vivo,
mientras crees que el escozor está curando tus heridas.
Déjate arrastrar por todas las galernas
que despiertan a las olas timoratas
y permite que el agua te salpique
y en tu rostro se incrusten los cristales,
a la espera de alguna sorpresa, un sobresalto,
aunque cada vez aparezcas ante el mundo más extraño
y seas extranjero en el próximo segundo.Tags: Pedro Gollonet, Eolo enfurecido, dolor, nada, esperanza, vida, tiempo