Se ufanaba de su amor más duradero,
el más exacto –decía-,
imperecedero, cierto,
sin desamor como término,
sin previsible fracaso;
era el que permanecía tan sólo
lo que dos tórridas miradas,
extrañas,
en su atracción envergadas,
lo que el jugo de dos bocas engarzadas.
Hasta que apareció él
con el fuego que sus ojos requerían
y le expolió las pupilas,
el tiempo empezó a dolerle
y el presente cedió su espacio;
ya no le bastó abandonarse,
la angustia la preñó entera
a la espera de otro día
y del siguiente también.
No dejaron de entregarse, en sus cuerpos,
en sus miradas -ya heridos-
y así prolongaron tres años
hasta que una tarde sin aire
el sudor no dejó rastro
y se alejó sin devolver las pupilas
que un día -sin horas- le robó.
No conoció más amor,
ni cierto, ni exacto,
todo se hizo pasado,
la aritmética marró
y de la pasión, su aroma
nunca volvería a inspirar.
Sin pupilas, perdió el tacto,
nunca más pudo amar
ni tan siquiera sentir.
Ahora estoy seguro que tampoco
vivir.
Una lóbrega tarde me llamó:
me marcho, sencillamente me voy.