Conocí a José Luis Zúñiga en Libertad8, un 8 a las 8; coincidimos casualmente en la misma mesa sin siquiera ser presentados, aunque para eso habría sido necesario que -al menos- nos conocieran quienes compartían charla en torno a Gracia Trinidad, que ese día recitaba. Éste nos firmó ejemplares de su poemario de Hazversidades poéticas y yo le correspondí con uno de mi recién parido Todos los segundos, pero tan sólo llevaba un ejemplar, por lo que le pedí la dirección a José Luis para enviarle otro, en parte por no caer en el desaire y en gran medida porque –sin saber quién era ni a qué se dedicaba; mil perdones, que yo también navego en la permanente desubicación- me transmitió la sencillez de la que gusto, la mirada inteligente que no juzga y mucha vida detrás de aquellos ojos. Y es que casi siempre acabamos reconociéndonos a nosotros mismos.
Hemos cruzado algunos correos y al fin he tenido en mis manos su poemario Tiempo a destiempo, publicado en la Editorial Poesía eres tú. No me ha sorprendido, porque esperaba precisamente eso: poesía y vida, soledad y tiempo, y, sobre todo, ternura, amistad y una búsqueda incansable de abrazo y verdad. Vamos, que leyéndolo me lo encontré en el mismo tugurio, en la misma calle, junto a los mismos extraños y bebimos en la misma copa.
Quiero compartir con vosotros y con el permiso de José Luis, dos poemas (elegir siempre comporta riesgo, pero no soporto la tibieza): Amistades peligrosas, preñado de ternura y mano abierta, y Sonetos a mí mismo, uno de los más bellos cantos a la soledad que he leído. Gracias, José Luis; te espero cualquier día.
A José Luis Zúñiga, de mi poema Sonrisas. Todos los segundos.Edit. Almed
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porque sólo valoro la inteligencia susurrada,
la lúcida opinión sin altivez,
la sencillez que dignifica, el humor que no hiere
y detesto la estulta vanagloria del mediocre,
ya sólo sonrío con fruición cuando puedo recordar que sonrío.
Pedro Gollonet
amistades peligrosas
Ciertas noches no sirven los fotones
ni como tema de conversación.
Ciertas noches –sin ir más lejos, hoy-
sólo sirven las buenas compañías,
la simple voz que cuenta cómo le va la vida
y te pregunta o no, pero te escucha;
sirven las caminatas por callejuelas húmedas,
la esquina que ilumina una farola rota,
el cigarrillo de las confidencias,
los burdeles vacíos de un sábado en la noche.
Ciertas noches no sirven los fotones,
con un hasta mañana va de sobra.
Ciertas noches dan pena. Pero la noche avanza
y te sientes a gusto entre nuevos abrazos,
entre gente que vive, que respira contigo
sin tú saberlo apenas. Y entonces te das cuenta
de la futilidad de los fotones.
Puedo hablar de fotones con cierta autoridad,
pero prefiero hablar del pan con queso,
que es mucho más amable. Quede claro
que me gusta la gente propensa a la ternura,
sencilla, transparente: nunca doble.
Normalmente, en este juego de vivir la vida,
me juego el corazón a todo o nada
y pierdo siempre, menos cuando gano.
Hoy me tocó ganar. Otros perdieron.
sonetos a mí mismo
Estoy enamorado de mí mismo,
hay tantas cosas en mí tan deliciosas…
Walt Whitman
I
Más solo que las dos y que la una,
más solo que la tumba de mi abuela,
más solo que el reflejo de una vela,
más que el lado invisible de la luna.
Más solo que dos huesos de aceituna,
más solo que una estrella sin estela,
más sólo que una monja en duermevela,
más que un rico heredero sin fortuna.
Solo. Tan solo estoy que mis espejos
campos diezmados son de una derrota
que ya viene acunándose de lejos.
Habrá que acostumbrarse. Doy la nota
(un si bemol menor) de los vencejos
y aunque suena fatal nadie lo nota.
II
Me gusta dar la nota. No comprendo
cómo pude escribir ayer un canto
que acabó siendo un himno al desencanto,
un manifiesto inicuo, un vil remiendo.
Fue todo un desatino. No lo entiendo.
No estoy triste ni solo, tengo encanto,
doy cuanto soy, pero recibo tanto
que me paso la vida recibiendo.
Y una tarde de enero, enfurruñado,
me da por pergeñar un sonetucho
totalmente anacrónico, esquinado.
No me puedo quejar, soy más bien ducho
en el arte de amar y ser amado.
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