Se me murió en el cine,
aunque en su sillón se durmiera
en la paz de todas sus siestas,
sin protestar, como siempre,
mientras yo engullía regaliz en la última fila,
en el centro –también como siempre,
para estirar estas puñeteras hernias-,
pero fue abrirse la puerta
y la oscuridad mudó en rapaz oquedad,
las entrañas se retorcieron hasta taladrar su tuétano,
y el alma entera se me rajó
como las granadas maduras.
Fue un desgarrador dèja vu, tantas veces intuido,
mas el tiempo y el espacio siempre se me antojan capciosos;
podía haber estado leyendo, durmiendo…,
simulando que el trabajo me complacía,
pero no, devorando regaliz en una sala de barrio,
rodeado de extraños haciendo ruido
-siempre hay extraños en mi rededor,
siempre hay ruido-,
mientras él se moría en silencio,
lejos de mi soledad
y mi corazón se tornó ausencia,
para siempre también.
Pedro Gollonet, 29 de marzo de 2010.
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