Viernes, 09 de abril de 2010




     Ayer, el cielo,

     en su azul codicia,

     desterró cuantas nubes

     maliciosamente le rondaban.

     Ni  los tímidos cirros

     osaron acercarse

     con las sibilinas artes

     de otros días.

 

     El azahar impregnaba

     todas las brisas que 

     con la tarde jugueteaban;

     vi gente que sonreía

     y hablaba sola por la calle;

     también garbeaban

     incontables pezones

                        reventones,

     se aspiraba sin quererlo

     la densidad del aroma

                         del deseo.

 

     Es el día, la hora -me dije-

     de que escribas

     un poema de tristezas ayuno,

     sin permitir

     que la melancolía huronee,

     como si el pasado no fuere

     ni te afligieran dolores;

     sin  soledad ni traiciones,

     como si esta locura

     estuviera cuerda,

     como si fuera verdad

     que te quieren

     los que dicen que te quieren.

 

     Mas no sé la razón,

     pero el azul paraíso

     ensombreció

     -de repente-,

     las brisas, a vendaval

     mudaron,

     cuantos aromas fluían

     huyeron súbito,

     la gente corrió

     y aquel intenso deseo

     se retiró -suavemente-

     como noctámbulas olas

     de lunas de agosto.

 

     Realmente fue una pena,

     porque la tarde entera

     estallaba de guapura,

     pero no te angusties

     -también me dije-

     que ya vendrán otras

     -seguro más hermosas-

     de musas más complacientes,

     en que las fragancias

     se resistan a marcharse

     y puedas cantar, sin más,

     a una belleza

     de agonías exenta.



 Pedro Gollonet, Gelves a 9 de abril de 2010






Tags: Pedro Gollonet, poesía, belleza, melancolia, realidad

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