en su azul codicia,
desterró cuantas nubes
maliciosamente le rondaban.
Ni los tímidos cirros
osaron acercarse
con las sibilinas artes
de otros días.
El azahar impregnaba
todas las brisas que
con la tarde jugueteaban;
vi gente que sonreía
y hablaba sola por la calle;
también garbeaban
incontables pezones
reventones,
se aspiraba sin quererlo
la densidad del aroma
del deseo.
Es el día, la hora -me dije-
de que escribas
un poema de tristezas ayuno,
sin permitir
que la melancolía huronee,
como si el pasado no fuere
ni te afligieran dolores;
sin soledad ni traiciones,
como si esta locura
estuviera cuerda,
como si fuera verdad
que te quieren
los que dicen que te quieren.
Mas no sé la razón,
pero el azul paraíso
ensombreció
-de repente-,
las brisas, a vendaval
mudaron,
cuantos aromas fluían
huyeron súbito,
la gente corrió
y aquel intenso deseo
se retiró -suavemente-
como noctámbulas olas
de lunas de agosto.
Realmente fue una pena,
porque la tarde entera
estallaba de guapura,
pero no te angusties
-también me dije-
que ya vendrán otras
-seguro más hermosas-
de musas más complacientes,
en que las fragancias
se resistan a marcharse
y puedas cantar, sin más,
a una bellezaTags: Pedro Gollonet, poesía, belleza, melancolia, realidad