Las agujas de mi reloj no conocen la prisa,
que mi hora la marca el lomo amarillento de mis libros
-los únicos sabios de mi tiempo
y del polvo acumulado de mi vida-.
Mi reloj carece de guarismos
que rubriquen las horas y todas sus fracciones
-tan tardas que hasta al tiempo hastían-.
Tan sólo entiende de años
y en prudentes piruetas de quinquenios,
más agradecidos, mucho más cómplices
si la luz que nos alumbra es más bien tenue.
Mi reloj no se somete a patrones
que le impongan adelantar sus horas,
engañar su tiempo, retrasar su ocaso
en días más claros, aparentemente más lentos,
más ilesos, más trileros sin duda.
Yo no vivo a la espera de mandatos
-para en el centro de una noche demolida-
poder cambiar de estante mis libros:
al frente los más recientes y limpios,
tres niveles más abajo los que más amarillean
-revestidos de escamas de la piel de dedos
que fueron más tersos, de sombríos espectros
de melancolías amañadas, arrugas y dolores ya resecos-.
Cuando mañana asome el quicio de la aurora
mi parda estancia aún simulará primaveras,
sin que nadie conduzca mis horas
ni adelante mis relojes,
que ya me ocupo yo
de no recordar quien soy
en el rostro renovado de mis libros.
Ya llegará el día en el que de rodillas
sacuda el polvo de toda la memoria escarmentada,
avente los pedazos de mi tiempo, sus esquirlas,
el perfume de las páginas anidadas de secretos
y sienta el frío definitivo del papel hecho cenizas
que mis exangües pies entierren.
Reloj de arenas que al tiempo no embaucan,
salpicadas de convalecientes palabras
que atizan las incandescencias de mi espíritu.
Clepsidra de versos que alisan la orilla de mis días.Tags: Pedro Gollonet., tiempo, libros, poesía, reloj