Lunes, 07 de junio de 2010


Estos últimos días los he dedicado a leer a Francisco Brines en su Ensayo de una despedida que abarca la obra completa del autor. Personalmente y porque tendemos a identificarnos y mejor disfrutar en la lectura de textos que nos emocionen desde la proximidad de nuestros sentimientos y experiencias vitales, me he detenido especialmente en El otoño de las rosas (Premio Nacional de Poesía, 1986) en el que Brines, con suma transparencia, nos adentra en su contemplación íntima del tiempo y comienza la desnudez poética que culminará en La última costa (1977). Nos muestra un evidente desgarro existencial, melancolía no exenta de soledad y añoranza en la lejanía de los años jóvenes, mas con una rebosante sensualidad de fondo y una continua y envidiable búsqueda de la vida en la edad tardía, aún cuando reconozca la muerte de cada instante, mucho más de los que ya no regresarán.

He seleccionado dos poemas que considero reflejan significativamente el espíritu del poemario y que Brines expresa con delicadeza en el que da entrada a la lectura:

 

Vives ya en la estación del tiempo rezagado:

lo has llamado el otoño de las rosas.

Aspíralas y enciéndete. Y escucha,

cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.

 

         Francisco Brines. Ensayo de una despedida. Poesía Completa

 

                               El otoño de las rosas

 

 

Homenaje y reproche a la vida

 

Cómo me gustaría verte sentado ahí,

apoyado en el tronco de ese pino, muchacho,

como en los viejos días ya perdidos,

sintiendo que los cantos de los pájaros altos

cubrían tu cabeza,

bajando del azul, de rama en rama,

y ver tus ojos negros llenos de pensamiento.

Y que me hablases de la vida

con la capacidad de tu entusiasmo.

Espiar la tristeza que ahora escondes,

querer hasta el delirio tu inocencia.

Y que así me mirases y me hablases.

Sentirte tan cercano, y a mí ajeno.

Y que nunca supieras quién soy yo,

que no me adivinaras,

porque no conocieras, al saberlo,

la extrañeza y misterio del vivir.

Tienes las manos llenas del oro de la luz de las mañanas.

El nombre del lugar el mismo es hoy que ayer,

pero ni tú ni yo,

ni esta casa que amamos, son los mismos.

Mira, si no, mis manos, y dime qué se hizo

de tanta luz y de aquellas mañanas.

 

Mas no mires las sombras en mis manos.

Aún tengo que venir,

o esto que más me apena: ya te has ido.

 

 

La rosa de las noches



Todas las noches de mi vida, hasta el alba,

sin llegar nunca a nadie,

en ciudades distintas, los ojos en acecho,

son una turbia rosa negra.

Se cumple así la sed que concedo a la carne,

esta difusa espera, que es la fidelidad de mis cansancios,

o el encuentro de alguna luz pequeña que se abate,

tras el furor, en las cansadas sábanas.

Allí donde los cuerpos se nutren de reposo

que no es mortal aún,

en esa hora tan dura

en que la luz es agria, es una ciega rosa blanca.

 

Todas las noches de mi vida, envejeciendo,

son una infame rosa negra,

son una rosa negra y solitaria,

una encantada y desvalida rosa.

Si volviera a vivir, yo quisiera aspirarla

de nuevo sin piedad,

pues por ella existí, aunque me devorase.

 

Yo miraba los astros, su hermosura,

y nada aquel espejo reflejó

que a él se asemejase:

sólo la quemadura del vivir,

que aún sin fulgor, yo sé que existe.

 


Todas las noches de mi vida,

también las que vendrán,

son una iluminada rosa negra,

un secreto esplendor que aún no es ceniza

y nadie puede ver,

y que este ciego roza

               lleno de ardor, con las manos tendidas.








Tags: Francisco Brines, El otoño de las rosas, tiempo, existencia, sensualidad, Poesía completa

Publicado por pedrogollonet @ 13:55  | Literatura. Poes?a
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Jose Zuniga
Lunes, 07 de junio de 2010 | 16:37
Ya sabes que Brines es de los que me llegan y mucho. Incluso le puse m?sica a algo suyo,ese oto?o de las rosas entre otras cosas. Ahora, al ver esto, me han dado unas ganas irresistibles de leerlo. L?stima que est? guardado en cajas, tendr? que esperar.
Abrazo