domingo, 07 de noviembre de 2010

 

Me llegan  -con entrañables y cariñosas dedicatorias-  los poemarios de ANTONIA BOCERO, Ángel de guerra (recientemente publicado por Ediciones Vitrubio) y Camino a Sérifos -1999-. He conocido a Antonia Bocero a través de contactos de amigos en el interés por la Literatura y la Poesía, en particular, y de la coincidencia cómplice en comentarios compartidos sobre cuestiones de actualidad o de textos literarios. Desconocía su obra poética y debo confesar que me ha impactado su personalísima voz, plena de originalidad y –hay que decirlo- de dificultad, con una expresividad de riqueza inhabitual, en la que el dominio del lenguaje se potencia con una percepción de las formas en la que se adivina su alma de pintora y crítica de Arte.

En su búsqueda vital nos traslada en los dos poemarios a través de movimientos que simbolizan su propio recorrido personal, introspectivo, enigmático a veces, pleno de simbolismos y coqueteos con el surrealismo, pero sin que se adivine un propósito de impactar al lector en la originalidad o la creación. Simplemente es su subconsciente consciente el que traslada al papel realidades envueltas en bellísimas formas que dan al lector un amplísimo margen para la propia introspección.

Personalmente no soy amigo de ensalzar la creación próxima al simbolismo, a lo onírico y surrealista, cuando esa empatía va acompañada de una directa o indirecta crítica y hasta aversión a formas más explícitas y evidentes que entroncan con otras formas de sentir y de hacer poesía, ya que –en las más de las ocasiones- no es sino una forma sinuosa de destacar la propia modernidad y vanguardia de quien así lo comenta. Es de mi gusto cualquier clase de poesía que sea capaz de captar mi emoción y de conectarme con el alma del poeta, y soy poco amigo de escuelas, grupos y corrientes; la poesía, en sí, es pura desnudez y borbotones del alma de cualquiera que sienta la necesidad vital de escribir y de comunicarse, por lo que, independientemente de los gustos personales, siempre me produce un hondísimo respeto, ya que en todo poema  me interesan las sensibilidades de quien está agazapado detrás del mismo y no, en primera instancia, la calidad de éste, aunque evidentemente ello colabore al disfrute íntimo en la lectura. Siempre escribimos en soledad del alma y en la compañía de cuantos hemos leído y nos han emocionado o nos han dejado el regalo de su huella.   

Pues bien, la poesía de Antonia Bocero emociona y tiene una incuestionable calidad, es elegante y culta,  transmite el misterio de un alma riquísima en su mundo interior –producto de una vida en permanente reflexión- y, además, formalmente me ha resultado de una riqueza expresiva sugerente y sumamente original, trasluciendo caminos por los que el dolor, la soledad, el tiempo o los recuerdos transitan sin  exhibicionismo y con una reserva que la hacen -a veces- difícil y -al tiempo- tremendamente cautivadora. Aún con la distancia temporal entre los dos poemarios, percibo su evolución, pero también la misma sensibilidad, ternura y riqueza interior.

De Camino a Sérifos y como muestra del mismo, traigo el inicio del extraordinario poema La esfinge de Flaubert que abre el Libro Primero, El Cubil de los sueños.

 

Uno está sobre la cama, solo, sin anclajes;

es de noche, noche vampiro sed luz

y, como del fondo del mar, emergen las preguntas:

preguntas anillos versos que te denudan.

          ¿Qué hacer sin ser el hábil Edipo?

 

          Son noches de dudas, de frío puerto,

de anhelos y deseos apagados,

-velero anticipo tal vez de un futuro-,

donde los días, en vuelo detenido

          -rosas leves sin sombras-, sean ya ajenos a mí.

Son noches de viento cactus,

de ir por la memoria, la que sostiene,

y no ser más que distancia, distancia extraviada,

habitante de una fisiología cansada

donde las conexiones neuronales, ya no tropel,

           se pierden y sonríen

y dejan paso a los espíritus del aire que sin piedad ondean

y desparraman la sustancia inmaterial sobre la que me levanto:

un maná de pájaros sin alas.

 

¿Y llegará el día –me pregunto ya definitivamente despierta-

en que perdida la batalla, civilizada,

perfumes y flores no me tengan que ser imposibles;

y que el camino búsqueda, ímpetu oasis,

            el que aleja de lo que rompe,

no sea ya el fetiche más cuidado de este salvaje romántico?

 

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                     Ángel de guerra

          Tercera planta.  Palabras robadas

 

Palabras robadas

a la boca llena de miel y saliva

que dejabas caer por la oscuridad

               de tus dedos largos

que ya acariciaban la magia del instante

que luego

               en mitad del camino

mirará la vida a través de la luz de un cine

como si no hubiera pasado

                                    el tiempo ese

que hoy transcurre sobre este papel

que yace en la mesa de un café

al soliloquio de recordar

que hubo días dedicados

                a robar magia a las palabras

que se amasan con saliva y miel

para decir años después en otro café

                          “todo fue verdad”

antes de partir y yo quedara sin dedos

                                                    largos

que me lleven de nuevo a ese cine

donde descubrimos

que la belleza

                 cual palacio de invierno

a los quince años es toda saliva y miel.

 

                    

                 Otros poemas

                 De los días y las aves

De las aves

 

……………………..

 

Cada primavera

Atraviesan la colina,

Y sonríe el niño

 

Cada otoño

Cruzan el valle,

Y echa cuentas el hombre

 

Cada invierno

Salvan el horizonte:

Hoy neblina de oro pálido en sus ojos

 

Soledades

 

Soledades

Y escarabajos ascienden

Sombra en el espejo

 

Del pedregal

Huellas en el desierto:

Meditación del tiempo

 

Sola

Lleva conchas en la mano

Hacia el invierno

 

 

En Gelves,  a 7 de octubre de 2010. Pedro Gollonet

 

 

   


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