Me llegan -con entrañables y cariñosas dedicatorias- los poemarios de ANTONIA BOCERO, Ángel de guerra (recientemente publicado por Ediciones Vitrubio) y Camino a Sérifos -1999-. He conocido a Antonia Bocero a través de contactos de amigos en el interés por la Literatura y la Poesía, en particular, y de la coincidencia cómplice en comentarios compartidos sobre cuestiones de actualidad o de textos literarios. Desconocía su obra poética y debo confesar que me ha impactado su personalísima voz, plena de originalidad y –hay que decirlo- de dificultad, con una expresividad de riqueza inhabitual, en la que el dominio del lenguaje se potencia con una percepción de las formas en la que se adivina su alma de pintora y crítica de Arte.
En su búsqueda vital nos traslada en los dos poemarios a través de movimientos que simbolizan su propio recorrido personal, introspectivo, enigmático a veces, pleno de simbolismos y coqueteos con el surrealismo, pero sin que se adivine un propósito de impactar al lector en la originalidad o la creación. Simplemente es su subconsciente consciente el que traslada al papel realidades envueltas en bellísimas formas que dan al lector un amplísimo margen para la propia introspección.
Personalmente no soy amigo de ensalzar la creación próxima al simbolismo, a lo onírico y surrealista, cuando esa empatía va acompañada de una directa o indirecta crítica y hasta aversión a formas más explícitas y evidentes que entroncan con otras formas de sentir y de hacer poesía, ya que –en las más de las ocasiones- no es sino una forma sinuosa de destacar la propia modernidad y vanguardia de quien así lo comenta. Es de mi gusto cualquier clase de poesía que sea capaz de captar mi emoción y de conectarme con el alma del poeta, y soy poco amigo de escuelas, grupos y corrientes; la poesía, en sí, es pura desnudez y borbotones del alma de cualquiera que sienta la necesidad vital de escribir y de comunicarse, por lo que, independientemente de los gustos personales, siempre me produce un hondísimo respeto, ya que en todo poema me interesan las sensibilidades de quien está agazapado detrás del mismo y no, en primera instancia, la calidad de éste, aunque evidentemente ello colabore al disfrute íntimo en la lectura. Siempre escribimos en soledad del alma y en la compañía de cuantos hemos leído y nos han emocionado o nos han dejado el regalo de su huella.
Pues bien, la poesía de Antonia Bocero emociona y tiene una incuestionable calidad, es elegante y culta, transmite el misterio de un alma riquísima en su mundo interior –producto de una vida en permanente reflexión- y, además, formalmente me ha resultado de una riqueza expresiva sugerente y sumamente original, trasluciendo caminos por los que el dolor, la soledad, el tiempo o los recuerdos transitan sin exhibicionismo y con una reserva que la hacen -a veces- difícil y -al tiempo- tremendamente cautivadora. Aún con la distancia temporal entre los dos poemarios, percibo su evolución, pero también la misma sensibilidad, ternura y riqueza interior.
De Camino a Sérifos y como muestra del mismo, traigo el inicio del extraordinario poema La esfinge de Flaubert que abre el Libro Primero, El Cubil de los sueños.
Uno está sobre la cama, solo, sin anclajes;
es de noche, noche vampiro sed luz
y, como del fondo del mar, emergen las preguntas:
preguntas anillos versos que te denudan.
¿Qué hacer sin ser el hábil Edipo?
Son noches de dudas, de frío puerto,
de anhelos y deseos apagados,
-velero anticipo tal vez de un futuro-,
donde los días, en vuelo detenido
-rosas leves sin sombras-, sean ya ajenos a mí.
Son noches de viento cactus,
de ir por la memoria, la que sostiene,
y no ser más que distancia, distancia extraviada,
habitante de una fisiología cansada
donde las conexiones neuronales, ya no tropel,
se pierden y sonríen
y dejan paso a los espíritus del aire que sin piedad ondean
y desparraman la sustancia inmaterial sobre la que me levanto:
un maná de pájaros sin alas.
¿Y llegará el día –me pregunto ya definitivamente despierta-
en que perdida la batalla, civilizada,
perfumes y flores no me tengan que ser imposibles;
y que el camino búsqueda, ímpetu oasis,
el que aleja de lo que rompe,
no sea ya el fetiche más cuidado de este salvaje romántico?
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Ángel de guerra
Tercera planta. Palabras robadas
Palabras robadas
a la boca llena de miel y saliva
que dejabas caer por la oscuridad
de tus dedos largos
que ya acariciaban la magia del instante
que luego
en mitad del camino
mirará la vida a través de la luz de un cine
como si no hubiera pasado
el tiempo ese
que hoy transcurre sobre este papel
que yace en la mesa de un café
al soliloquio de recordar
que hubo días dedicados
a robar magia a las palabras
que se amasan con saliva y miel
para decir años después en otro café
“todo fue verdad”
antes de partir y yo quedara sin dedos
largos
que me lleven de nuevo a ese cine
donde descubrimos
que la belleza
cual palacio de invierno
a los quince años es toda saliva y miel.
Otros poemas
De los días y las aves
De las aves
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Cada primavera
Atraviesan la colina,
Y sonríe el niño
Cada otoño
Cruzan el valle,
Y echa cuentas el hombre
Cada invierno
Salvan el horizonte:
Hoy neblina de oro pálido en sus ojos
Soledades
Soledades
Y escarabajos ascienden
Sombra en el espejo
Del pedregal
Huellas en el desierto:
Meditación del tiempo
Sola
Lleva conchas en la mano
Hacia el invierno
En Gelves, a 7 de octubre de 2010. Pedro Gollonet