De la magnífica edición de Publicaciones de la Residencia de Estudiantes acerca de los recitales que en la Residencia diera Ángel González, el 30 de mayo de 1989 y el 13 de junio de 2001, y bajo el título "La Voz de Ángel González", he seleccionado tres poemas de cuya lectura disfruto y que en la voz del poeta me sobrecogen especialmente.
El primero tiene a la esperanza como referencia, con ironía pero "con esperanza" a diferencia de otros desolados poemas del autor; en cualquiera de los matices "esperanza/desesperanza" sus versos sudan humanidad, soledad y vida. A continuación, he optado por el poema "Poética, a la que intento a veces aplicarme" en el que Ángel González reflexiona con lucidez y encomiable brevedad sobre la poesía simplemente pura y aquella otra que devuelve humanidad al lector; reconozco que mi admiración por el poeta viene de mi afecto por el hombre que sus versos me devuelven -además de mi gusto por la forma de su palabra sin artificios-. Y, en último lugar, de su libro Otoño y otras luces, el poema "Estampa en invierno", en el que el tiempo -también una de mis temáticas preferidas- y la memoria son los ejes del mismo.
ESPERANZA
araña negra del atardecer.
Te paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.
Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.
POÉTICA
Escribir un poema: marcar la piel del agua.
Suavemente, los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
-adormecido el viento,
la luz alta-
o ve su propio rostro
o -transparencia pura, hondo
fracaso- no ve nada.
ESTAMPA DE INVIERNO
Mientras yo en mi yacija como es debido yazgo
arropado en las mantas y las evocaciones
de días más luminosos y clementes,
por no sé qué resquicio de mi ventana entra
un cuchillo de frío,
un gris galgo de frío
que se afana en mis huesos con furia roedora.
No es de ahora, ese frío.
Viene desde muy lejos:
de otras calles vacías y lluviosas,
de remotas estancias en penumbra
pobladas sólo por suspiros,
de sótanos sombríos
en cuyos muros reverbera el miedo.
(En un lugar distante,
trizó una bala
el luminoso espejo de aquel sueño,
y alguien gritaba aquí, a tu lado.
Amanecía)
No.
No está desajustada la ventana;
la que está desquiciada es mi memoria.
Esta lectura ha coincidido en el tiempo con la de un nuevo poemario de un destacado poeta de gran prestigio intelectual y poseedor de numerosos Premios y distinciones académicas. Tras su lectura me he visto irremediablemente reflejado en los versos de Ángel González:
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este hombre que los ha mirado
-adormecido el viento,
la luz alta-
no ha visto su propio rostro,
no ha visto nada,
porque no me basta
la palabra pura,
busco el alma
Pedro Gollonet. 3 de febrero de 2011.
Por siempre, Ángel González, Poeta.