S?bado, 09 de enero de 2010

En ocasión del estreno de una película biográfica, en el veinte aniversario de su muerte, volverá a hablarse de Jaime Gil de Biedma –yo ya lo estoy haciendo- y posiblemente por muchos que no sabían de su existencia y menos aún de su poesía. Esto que no resulta obligado ni es señal de mayor ilustración, sin embargo debiera ser razón suficiente para tener el pudor de que las opiniones de tantos no quedaran en una burda exaltación , con critica incluso moralizante, de la vida privada de Gil de Biedma y de sus, “para ellos” excesos. Comprensible es que para la productora, los distribuidores del film y para los ocupados en todo aquello que pueda resultar escandoloso en beneficio de una mayor audiencia, estos aspectos de su vida sean el mejor reclamo, aunque no que su poesía quede en un plano inferior o ni tan siquiera sea objeto de sus comentarios. La critica cinematográfica no puede aislarse de la obra del poeta, del compromiso sociopolítico con su época en un ambiente burgués contradictorio, mas pleno de sensibilidades, del alma de su poesía, del valor del tiempo, de su soledad y, en definitiva, del profundo sentido de la libertad que inspiró toda su vida.

Seguro de ello, rindo mi modesto homenaje al poeta barcelonés trayendo aquí tres poemas de su reducida obra –ochenta y seis poemas organizados en tres bloques más uno brevísimo de un solo texto-, en el que se ponen de manifiesto su sensibilidad, su sentido de la vida y su trágica rebeldía ante el devenir del tiempo.

En su modernidad –termino del que no gusto usar- huyó de formas tradicionales ya desgastadas por los poetas del siglo XX, adentrándose en el prosaísmo poético y en el conocimiento de Cernuda, buen conocedor de los románticos ingleses.

Como escribe Juan Ferraté, a propósito de Gil de Biedma, se sustituye el canto de la poesía por la voz natural del poeta, en la afirmación de un nuevo sentido de la realidad para la expresión poética, distinto de la afectación de actitudes y tonos. Se introduce el poeta, de esta forma, en el lenguaje más normalizado en el que experimentaron los vanguardistas. Sea cual sea el resultado, Gil de Biedma converge plenamente con los autores de los años cincuenta del siglo XX; esto es, un grupo de poetas que podemos denominar como de la “experiencia”.

Su poesía puede fragmentarse temáticamente en dos bloques diferenciados con cierta nitidez: Textos correspondientes a poemas sociales, ajustados a la critica sociopolítica en el contexto de un régimen político represor, y un bloque de poemas erótico-elegíacos, en los que su indiscutible erotismo no es más que el pretexto, además del contenido autobiográfico, para afirmar la razón de su poesía, “el tiempo y el yo” según sus propias palabras.

La estructura romántica manifiesta con evidente intensidad en muchos de sus poemas no resulta trivial, puesto que es el cauce para mostrar su concepción de la metafísica de la vida, de su vida, la crisis personal y su desprecio por el trascurso del tiempo, el de los años propios.

En los tres poemas seleccionados late el tiempo como triste referencia y  su sentido  tan contradictorio de la vida, a veces con ambages que trascienden cierto pudor, a pesar de que su obra sea en general tan explícita.

En “Contra Jaime Gil de Biedma” utiliza el desdoblamiento del esquema yo/tú, un autentico diálogo interior, con un rechazo evidente al ser del tú, en el que personifica el mal en él mismo, con un canto en cierta forma solícito de redención y con un tono moralizante. La contradicción como esencia del ser, de su vida, de la de todos, el desdoblamiento de realidad/deseo, la interiorización de la tragedia inevitable.

“De senectute” nos muestra no tanto su lucha contra el tiempo, como la inconformista conformidad con un tiempo en el que ya no quedan luchas, la desesperanza ante el fatal resultado.

Finalmente, traigo a la lectura compartida el poema “El juego de hacer versos”, en el que traza el desarrollo del poeta y su poesía, desde los juveniles e inocentes poemas de lo imaginario hasta llegar a la poesía de la experiencia, en el dolor solitario y contradictoriamente placentero del poeta.

Pedro Gollonet. 9 de enero de 2010






JAIME GIL DE BIEDMA ( 1929 - 1990 )




Contra Jaime Gil de Biedma

 

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,

dejar atrás un sótano más negro

que mi reputación –y ya es decir-,

poner visillos blancos

y tomar criada,

renunciar a la vida de bohemio,

si vienes luego tú, pelmazo,

embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,

zángano de colmena, inútil, cacaseno,

con tus manos lavadas,

a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

 

Te acompañan las barras de los bares

últimos de la noche, los chulos, las floristas,

las calles muertas de la madrugada

y los ascensores de luz amarilla

cuando llegas, borracho,

y te paras a verte en el espejo

la cara destruida,

con ojos todavía violentos

que no quieres cerrar. Y si te increpo,

te ríes, me recuerdas el pasado

y dices que envejezco.

 

Podría recordarte que ya no tienes gracia.

Que tu estilo casual y que tu desenfado

resultan truculentos

cuando se tienen más de treinta años,

y que tu encantadora

sonrisa de muchacho soñoliento

-seguro de gustar- es un reto penoso,

un intento patético.

Mientras que tú me miras con tus ojos

de verdadero huérfano, y me lloras

y me prometes ya no hacerla.

 

Si no fueses tan puta!

Y si yo no supiese, hace ya tiempo,

que tú eres más fuerte cuando yo soy débil

y que eres débil cuando me enfurezco…

De tus regresos guardo una impresión confusa

de pánico, de pena y descontento,

y la esperanza

y la impaciencia y el resentimiento

de volver a sufrir, otra vez más,

la humillación imperdonable

de la excesiva intimidad.

 

A duras penas te llevaré a la cama,

como quien va al infierno

para dormir contigo.

Muriendo a cada paso de impaciencia,

tropezando con muebles

a tientas, cruzaremos el piso

torpemente abrazados, vacilando

de alcohol y de sollozos reprimidos.

Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,

y la más innoble

que es amarse a sí mismo!    

 

 

             De senectute

 

                  Y nada temí más que mis cuidados

                                          GÓNGORA 

 

No es el mío, este tiempo.

 

Y aunque tan mío sea ese latir de pájaros

afuera en el jardín,

su profusión en hojas pequeñas, removiéndome

igual que intimaciones,

                            no dice ya lo mismo.

Me despierto

como quien oye una respiración

obscena. Es que amanece.

 

Amanece otro día en que no estaré invitado

ni a un instante feliz. Ni a un arrepentimiento

que, por no ser antiguo,

-ah,Seigneur, donnez-moi la forcé et le courage!-

invite de verdad a arrepentirme

con algún resto de sinceridad.

Ya nada temo más que mis cuidados.

 

De la vida me acuerdo, pero dónde está.

 

 

       El juego de hacer versos

 

El juego de hacer versos

-que no es un juego- es algo

parecido en principio

al placer solitario.

 

Con la primera muda,

en los años nostálgicos

de nuestra adolescencia,

a escribir empezamos.

 

Y son nuestros poemas

del todo imaginarios

-demasiado inexpertos

ni siquiera plagiamos-

 

porque la Poesía

es un ángel abstracto

y, como todos ellos,

predispuesto a halagarnos.

 

El arte es otra cosa

distinta. El resultado

de mucha vocación

y un poco de trabajo.

 

Aprender a pensar

en renglones contados

-y no en los sentimientos

con que nos exaltábamos-,

 

tratar con el idioma

como si fuera mágico

es un buen ejercicio,

que llega a emborracharnos.

 

Luego está el instrumento

en su punto afinado:

la mejor poesía

es el Verbo hecho tango.

 

Y los poemas son

un modo que adoptamos

para que nos entiendan

y que nos entendamos.

 

Lo que importa explicar

es la vida, los rasgos

de su filantropía,

las noches de sus sábados.

 

La manera que tiene

sobre todo en verano

de ser un paraíso.

Aunque, de cuando en cuando,

 

si alguna de esas noches

que las carga el diablo

uno piensa en la historia

de estos últimos años,

 

si piensa en esta vida

que nos hace pedazos

de manera podrida,

perdida en un naufragio,

 

la conciencia le pesa

-por estar intentando

persuadirse en secreto

de que aún es honrado.

 

El juego de hacer versos,

que no es un juego, es algo

que acaba pareciéndose

al vicio solitario.

Tags: Jaime Gil de Biedma, sensibilidad, tiempo, prosaismo poético, poesía de la experiencia, homenaje

Publicado por pedrogollonet @ 18:08  | Literatura. Poes?a
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