Mi?rcoles, 03 de marzo de 2010


En el centenario del nacimiento del poeta de Orihuela quiero -en la modestia de este blog- sumarme al homenaje que durante este año se le tribute, declarando mi respeto por la figura de Miguel Hernández, grande en su sencillez, hondura, originalidad, en la ingenuidad, en la metáfora y en la carencia de prejuicios culturalistas. Sorprende, ante todo, su formación poética ilustrada tan sólo en la lectura –la mejor de las Universidades-, ajeno a corrientes, rencillas y divismos de grupos de la época más o menos aburguesados e instalados en la autocomplacencia. Leyó, dirigido por Ramón Sijé, a Lope, Garcilaso, San Juan de la Cruz, Góngora (quien le influyó sobremanera en su primera etapa), Rubén Darío, Machado, Juan Ramón Jiménez (por el que sentía especial admiración y al que solicitó ayuda para su traslado a Madrid con “más de mil poemas bajo el brazo”, ahogado en la estrechez de su pueblo) y disfrutó de la amistad de Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, conociendo a García Lorca, cuya poesía le encandiló y cuya muerte lloró con especial amargura.

En el verano de 1971, con 19 años y en mi primera salida en solitario al extranjero, visité las librerías del Barrio Latino en Paris con una emoción clandestina que todavía me hace palpitar en el recuerdo y adquirí una carpetita azul repleta de poesías y reproducciones de tiernos dibujos de Miguel Hernández y de Federico García Lorca, junto a algún panfleto antifranquista que iba incluído en el lote. Revivo aquella emoción y las veces que la he aligerado de polvo y recolocado en mis librerías (no por su número, sino por mis numerosas mudanzas). Hoy releo las poesías de Miguel Hernández y si cabe he sentido más dolor que en aquellas primeras lecturas y me he sacudido del pecho la triste incomprensión que me produce el cainismo que a esta tierra domina, su mediocridad, su crueldad. 

Al seleccionar dos poemas para releerlos con vosotros -amigos de En Tierra Extraña-, me he topado con el poema LLAMO A LOS POETAS , señalado con un recorte de prensa de Lluis Llach y que entonces me anticipó en mi gusto mi posterior llamada a la poesía. Y dos de sus últimos poemas RIÉNDOSE, BURLÁNDOSE CON CLARIDAD DEL DÍA Y ETERNA SOMBRA- en la cárcel y ya enfermo, en los que la tristeza y la desesperanza inundan la palabra, pero sin atisbo de rencor -lo más sobresaliente-, con una dignidad insuperable y con un ligero rayo de esperanza, naturalmente escéptica, hasta en el instante final.

Hoy he vuelto a llorar con lágrimas de niño, con pena de adulto. Pedro Gollonet



                                           Miguel Hernández

                               
                              Llamo a los poetas

 

          Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre

y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:

tal vez porque he sentido su corazón cercano

cerca de mí, casi rozando el mío.

 

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,

y además menos sólo. Ya vosotros sabéis

lo sólo que yo soy, por qué soy yo tan sólo.

Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

 

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,

Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,

Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:

por lo que enloquecemos lentamente.

 

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,

donde la telaraña y el alacrán no habitan.

Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros

de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula

sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.

Ya sé que en esos sitios tiritará mañana

mi corazón helado en varios tomos.

 

Quitémonos el pavo real y suficiente,

la palabra con toga, la pantera de acechos.

Vamos a hablar del día, de la emoción del día.

Abandonemos la solemnidad.

 

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita

que la insolencia pone bajo nuestra nariz,

hablaremos unidos, comprendidos, sentados,

de las cosas del mundo frente al hombre.

 

Así descenderemos de nuestro pedestal,

de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos

a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,

sin el brillo del lente polvoriento.

 

Ahí está Federico; sentémonos al pie

de su herida, del chorro asesinado

que quiero contener como si fuera mío

y salta y no se acalla entra las fuentes.

 

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.

Por eso nos sentimos semejantes al trigo.

No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,

y la familia del enamorado.

 

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.

Tan sensibles al clima como la misma sal,

una racha de otoño nos deja moribundos

sobre la huella de los sepultados.

 

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos

en todo arraigan, piden posesión y locura.

Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,

con el terrestre sueño que alentamos.

 

Hablemos Federico, Vicente, Pablo, Antonio,

Luis, Juan, Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,

Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.

Hablemos sobre el viento y la cosecha.

 

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,

en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.

Veré si hablamos luego con la verdad del agua,

que aclara el labio de los que han mentido.

 

 

….vuelvo a señalar el poema con la fotito de Lluis Llach y regreso al llanto por tanto tiempo…, 
    tan poca cosecha en mis palabras..... Pedro Gollonet. 

 

 

 

                          Riéndose, burlándose con claridad del día

 

 

Riéndose, burlándose con claridad del día,

se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces.

No quiso más la luz. ¿Para qué? No saldría

más de aquellos silencios, de aquellas lobregueces.

 

Quise ser… ¿Para qué…? Quise llegar gozoso

al centro de la esfera de todo lo que existe.

Quise llevar la risa como lo más hermoso.

He muerto sonriendo serenamente triste.

 

Niño dos veces niño: tres veces venidero.

Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre.

Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero

salir donde la luz su gran tristeza encuentre.

 

Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia.

Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre.

En una sensitiva sombra de transparencia,

en un espacio íntimo rodar de octubre a octubre.

 

Vientre; carne central de todo cuanto existe.

Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura.

Noche final, en cuya profundidad se siente

la voz de las raíces, el soplo de la altura.

 

Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia.

mi cuerpo en una grave constelación gravita.

El universo agrupa su errante resonancia

allí donde la historia del hombre ha sido escrita.

 

Mirar y ver en torno la soledad, el monte,

el mar, por la ventana de un corazón entero

que ayer se acongojaba de no ser horizonte

abierto a un mundo menos mudable y pasajero.

 

Acumular la piedra y el niño para nada.

Pirámide de sol temible y limitada

sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía.

 

Mas algo me ha empujado desesperadamente.

Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado.

Me arrojan de la noche ante la luz hiriente,

Vuelvo a llorar desnudo, pequeño, regresado.

 

 

          Eterna sombra




Yo que creí que la luz era mía

precipitado en la sombra me veo.

Ascua solar, sideral alegría

ígnea de espuma, de luz, de deseo.

 

Sangre ligera, redonda, granada:

raudo anhelar sin perfil ni penumbra.

Fuera, la luz en la luz sepultada.

Siento que sólo la sombra me alumbra.



Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.

Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles

dentro del aire que no tiene vuelo,

dentro del árbol de los imposibles.

 

Cárdenos ceños, pasiones de luto,

dientes sedientos de ser colorados.

Oscuridad del rencor absoluto.

Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

 

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.

Ya no es posible lanzarse a la altura.

El corazón quiere ser más deprisa

fuerza que ensancha la estrecha negrura.

 

Carne sin norte que va en oleada

hacia la noche siniestra, baldía.

¿Quién es el rayo de sol que la invada?

Busco. No encuentro ni rastro del día.

 

Sólo el fulgor de los puños cerrados,

el resplandor de los dientes que acechan.

Dientes y puños de todos los lados.

Más que las manos, los montes se estrechan.

 

Turbia es la lucha sin sed de mañana.

¡Qué lejanía de opacos latidos!

Soy una cárcel con una ventana

Ante una gran soledad de rugidos.

 

Soy una abierta ventana que escucha,

por donde va tenebrosa la vida.

Pero hay un rayo de sol en la lucha

que siempre deja la sombra vencida. 





Tags: Miguel Hernández, Centenario, tristeza, esperanza, poesía, España qué pena

Publicado por pedrogollonet @ 13:02  | Literatura. Poes?a
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