Deambulaba mi amigo Zúñiga por un difícil poema,
de puntillas jugando con la duda
e insinuando sus puntos suspensivos….,
y con cautela especulaba
sobre si el no nacer llenaría tanto vacío,
si sería la nada o la única vida que no decepcionara.
Yo le salí al encuentro, sin previa invitación
y con cierta irreflexión impropia de mis años
–sabedor de que le brota el amor en cada verso,
de que tan sólo jugaba con la nada, la existencia
y esas cosas en las que tantos de nosotros
nos cebamos sin gustarnos, en ratos de ciega soledad
y suave angustia, aunque siempre aguardemos
el hálito final de un verso sutilmente calado de esperanza-
e instalado en esa duda que nos fluye por las venas
le decía que la ansiedad por cada una de la muertes
-porque son varias en las que puedo asegurar que yo he morado-
es el aliento para prolongar esta descabellada historia
y que en esta hora aún me estimulaba nacer y morir
y volver a nacer expirando en cada recodo de mi vida,
porque la nada –con cierto simplismo argumentaba-
no significaría, entonces,
que, en ese caso, sería,
lo que nosotros, no,
e inevitablemente habría volado para siempre
-voz que tampoco encajaría en el discurso-
la oportunidad de dolernos
que tanto alimenta nuestro verbo y la memoria,
y hasta la quimera ruinosa de seguir amando,
mucho más de que nos sigan queriendo
-aunque el amor duela ya menos que el tiempo-.
Y en eso que yo también deambulaba entre palabras
y me quedé anclado en un verso
que insinuaba que la nada no importa,
porque si lo fuera alcanzaría su esencia
cuando ya no estamos o ni tan siquiera a ser hemos llegado,
con lo que sin consciencia de identidad
la nada en sí misma sería la oquedad trivial de nadie,
absolutamente dependiente de todos.
Y, tan superficialmente ufano,
salí a comprar un poemario
que de la nada me hablara
con sus puntos suspensivos….,
en la certeza de que la vida
siempre la superará en mis versos,
aunque de soledad se preñe
y en cada segundo muera.
Pedro Gollonet. 21 de mayo de 2010
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