El tiempo debiera regalarnos algún día
-unas horas si cabe,
que no es cosa de pecar de ambición
a estas alturas-
y volver a sentir aquellos calambrazos
de piel joven y cuerpos encendidos
de inocencia y pasión inexplorada,
mas aquel no sabe de amistad
ni se fía de las artes de tan sagaces aves
que el otoño sobrevuelan.
Las pocas turbaciones que nos restan
tenemos que ganarlas con los dientes apretados,
sin recatos, despreciando los dolores,
orgullosos de los surcos de los años,
derrotando la memoria en el olvido,
que es el propio tiempo que lame las heridas,
avivando las brasas en pupilas que no humillen
y se enciendan en el fuego de la edad,
sin obscenas promesas de lealtad.
Despertar, en fin, de tarde en tarde
del letargo de esta lenta siesta,
adormecida por el ritmo mortecino
de chicharras en duelos entrenadas
y reconocernos en el vello erizado
por la carne y la emoción
de una mirada arrebatada.Tags: Pedro Gollonet, tiempo, pasión, brasas